Las personas y sus perros comparten bacterias intestinales tras un mes de convivencia
Un equipo japonés analizó a 25 parejas persona-perro y detectó 11 bacterias comunes tras un mes de convivencia.
Vivir con un perro no solo cambia la rutina o el estado de ánimo: también transforma el interior del cuerpo. Así lo demuestra un estudio publicado en la revista Frontiers in Veterinary Science, que confirma por primera vez que las personas y sus compañeros caninos comparten parte de sus bacterias intestinales tras un mes de convivencia.
La investigación, dirigida por los doctores Yuji Ito y Michio Nagino, ofrece una evidencia biológica concreta de algo que muchos dueños de perros intuían: que el vínculo entre humanos y animales de compañía va más allá de lo emocional.
"Este intercambio microbiano es real, medible y estadísticamente significativo", explica la doctora Paula Calvo, experta en antrozoología y autora del blog Antrozoología. “Por primera vez, tenemos una base objetiva que valida científicamente la conexión que se observa en terapias, adopciones o investigaciones sobre el vínculo interespecie".
Los expertos en perros domésticos demandan que se debata cómo la domesticación ha modificado significativamente el sistema digestivo de los perros en comparación con otros cánidos salvajes.
Un vínculo que se mide en bacterias
El estudio analizó durante tres meses a 25 parejas formadas por una persona y su perro. Los investigadores utilizaron una técnica de alta precisión para rastrear qué bacterias específicas podían encontrarse en ambos organismos, comparando su evolución con el paso del tiempo.
Los resultados fueron reveladores: después del primer mes de convivencia, en nueve de las parejas se detectó un intercambio microbiano exitoso. En total, se identificaron once variantes bacterianas compartidas entre humano y perro, lo que prácticamente descarta que el hallazgo sea fruto del azar.
Entre las bacterias identificadas destacan la Roseburia gnavus group, un probiótico natural presente en el 40 por ciento de las parejas con intercambio exitoso y conocido por mejorar la salud digestiva; la Faecalibacterium, con propiedades antiinflamatorias y marcador de un intestino sano; y la Streptococcus, que se encontró con una abundancia del 56,8 por ciento en algunos casos y requiere seguimiento según el contexto.
Ese primer mes de convivencia es fundamental para construir una relación duradera
Estas especies actúan como auténticos puentes biológicos entre los dos organismos, lo que sugiere que la convivencia estrecha puede tener un impacto positivo y compartido en la salud de ambos.
Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es que la transferencia microbiana no ocurre de inmediato. Durante las dos primeras semanas no se detectaron bacterias compartidas, pero en torno al primer mes el intercambio se estableció de forma completa y se mantuvo estable a los tres meses.
Esto sugiere, según Calvo, que existe una "ventana biológica crítica" en la que se consolida el vínculo entre persona y perro. "Ese primer mes de convivencia es fundamental para construir una relación duradera, no solo desde lo emocional, sino también desde lo biológico", afirma. "Esto tiene implicaciones directas en adopciones, terapias asistidas o programas de intervención con animales".
La investigación también abre nuevas perspectivas para profesionales del ámbito de la salud y el bienestar animal. Si la microbiota intestinal influye en aspectos tan relevantes como la salud mental, ya que el intestino se conoce popularmente como "el segundo cerebro", el hecho de compartir bacterias con un perro podría tener beneficios mutuos en el equilibrio físico y emocional.
En este sentido, los resultados podrían aplicarse en áreas como la evaluación de la compatibilidad microbiana en adopciones, la planificación de terapias asistidas que respeten el tiempo biológico del vínculo o el seguimiento de la salud digestiva conjunta como indicador del bienestar compartido.
"Estamos ante una revolución en la comprensión del vínculo humano-animal", señala Calvo. "Podemos medir, predecir y optimizar científicamente las relaciones entre personas y sus compañeros animales. El futuro de la práctica profesional multiespecie será más efectivo, más humano y, por primera vez, respaldado por evidencia molecular".
Más allá de sus implicaciones científicas, las conclusiones del estudio confirman algo que todo amante de los animales ya sospechaba: cuando compartimos la vida con un perro, el vínculo que se crea no solo se siente, también se lleva (literalmente) por dentro.