Durante décadas, el dingo ha ocupado un lugar ambiguo en la historia natural de Australia. Para algunos ganaderos es una amenaza para el ganado; para muchos ecólogos, en cambio, es un depredador clave que mantiene el equilibrio de los ecosistemas. Pero incluso entre los científicos había preguntas fundamentales sin resolver: ¿de dónde proceden realmente estos animales? ¿Se mezclaron masivamente con perros domésticos tras la llegada de los europeos? ¿Y cuándo surgieron las poblaciones que hoy se distribuyen por el continente?
Un estudio internacional publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) ha aportado ahora una de las reconstrucciones genéticas más completas de la historia del dingo. El trabajo, basado en ADN antiguo extraído de restos fósiles de hasta casi 2.800 años, permite rastrear miles de años de evolución y revela que estos emblemáticos cánidos han mantenido una sorprendente continuidad genética a lo largo del tiempo.
Tal y como indica el propio estudio, los dingos modernos se parecen mucho más a sus antepasados precoloniales que a los perros domésticos actuales. El hallazgo cuestiona una idea muy extendida durante décadas: que gran parte de los llamados “perros salvajes” de Australia serían en realidad híbridos entre dingos y razas domésticas introducidas por los europeos.
Un viaje genético al pasado del dingo
Para reconstruir esta historia evolutiva, los investigadores analizaron restos de 42 dingos antiguos hallados en distintos puntos de Australia. Los esqueletos tenían edades comprendidas entre aproximadamente 400 y 2.746 años, lo que permitió observar cómo era el panorama genético antes de cualquier influencia europea.
A partir de esos restos, el equipo logró recuperar nueve genomas completos y ADN mitocondrial de varios individuos adicionales. Según revela el estudio, uno de estos genomas corresponde al ADN más antiguo secuenciado hasta ahora en Australia para cualquier especie.
Posteriormente, los científicos compararon esos datos con el ADN de 11 dingos actuales, seis perros cantores de Nueva Guinea —parientes cercanos del dingo— y más de 370 genomas de perros domésticos, lobos y otros cánidos recopilados en investigaciones previas. Este enorme conjunto de datos permitió reconstruir la estructura genética del dingo a lo largo de miles de años y responder a algunas de las preguntas más debatidas sobre este animal.
Los investigadores analizaron ADN extraído de esqueletos antiguos de dingos, entre ellos una mandíbula de 2.241 años de antigüedad hallada en Nueva Gales del Sur. Foto: Universidad Tecnológica de Queensland
Dos poblaciones separadas desde hace milenios
Uno de los resultados más llamativos del estudio es la confirmación de que los dingos australianos están divididos en dos grandes linajes genéticos: uno situado en el oeste del continente y otro en el sureste.
Durante años, algunos investigadores sospecharon que esta división podía deberse a factores relativamente recientes, como la construcción de la famosa “valla del dingo”, una barrera de más de 5.000 kilómetros levantada entre finales del siglo XIX y principios del XX para impedir que estos depredadores alcanzaran las zonas ganaderas del sureste.
Sin embargo, el análisis del ADN antiguo demuestra que esta separación es mucho más antigua. Tal y como revela el trabajo, las dos poblaciones ya estaban diferenciadas al menos hace 2.500 o 3.000 años, mucho antes de la colonización europea o de la construcción de infraestructuras modernas. Los datos muestran que los dingos occidentales actuales se parecen más a los antiguos de esa misma región que a los del este, y lo mismo ocurre a la inversa. En otras palabras, la estructura poblacional que vemos hoy parece ser una herencia directa de la prehistoria del continente.
Un posible doble origen
El estudio también apunta a un escenario intrigante sobre la llegada de los dingos a Australia. Durante mucho tiempo se ha pensado que estos animales fueron introducidos por humanos hace varios miles de años, probablemente transportados en embarcaciones desde el sudeste asiático. Pero las nuevas evidencias genéticas sugieren que el proceso pudo ser más complejo.
Tal y como revela la investigación, los dingos orientales presentan una relación genética más estrecha con los perros cantores de Nueva Guinea que con los dingos occidentales. Esto podría indicar que hubo al menos dos oleadas de llegada al continente. Una de ellas habría introducido poblaciones en el oeste australiano, mientras que otra habría estado vinculada a grupos que se asentaron en Nueva Guinea y en la costa oriental de Australia.
Los dingos se distribuyen por gran parte del territorio australiano. Foto: Istock
Además, el estudio detecta señales de intercambio genético entre dingos orientales y perros cantores de Nueva Guinea hace entre unos 2.300 y 2.600 años. Aunque todavía quedan incógnitas por resolver, estos datos sugieren una historia de movimientos humanos y animales por el Pacífico mucho más dinámica de lo que se pensaba.
Barreras naturales que moldearon la evolución
Si las poblaciones de dingos llegaron por rutas diferentes, la geografía australiana pudo encargarse de mantenerlas separadas durante milenios. Regiones como la Gran Cordillera Divisoria o la cuenca del Murray-Darling podrían haber actuado como barreras naturales que limitaron el movimiento de los animales entre distintas partes del continente.
Ese aislamiento habría permitido que las poblaciones evolucionaran de forma independiente. De hecho, investigaciones previas ya habían detectado diferencias físicas entre ellas: los dingos del este suelen tener cuerpos algo más pequeños y dientes distintos respecto a los del oeste, que habitan zonas más áridas.
El ADN antiguo confirma ahora que esas diferencias no son fruto de mezclas recientes con perros domésticos, sino el resultado de una larga historia evolutiva.
Mucho menos mestizaje del que se pensaba
Uno de los aspectos más relevantes del estudio es su implicación en el debate sobre la identidad del dingo. Y es que durante décadas, algunos sectores han argumentado que la mayoría de los dingos actuales estarían fuertemente mezclados con perros domésticos, lo que disminuiría su valor como especie nativa y justificaría su control o eliminación. Pero los resultados del análisis genético cuentan una historia muy distinta.
Según los autores, la mayoría de los dingos modernos conservan gran parte de su herencia genética ancestral y muestran muy poca señal de hibridación con perros domésticos. Una conclusión que es especialmente relevante en lugares como K’gari, donde los dingos viven en poblaciones relativamente aisladas y han sido objeto de controversia tras algunos incidentes con turistas.
El análisis genético sugiere que estos animales tampoco muestran evidencias claras de mezclas recientes con perros domésticos, lo que refuerza la idea de que representan una población genéticamente singular.
Un depredador clave en el ecosistema australiano
Más allá de la genética, el estudio también aporta argumentos al debate sobre el papel ecológico del dingo. Estos cánidos son considerados el principal depredador terrestre que queda en Australia. Al controlar poblaciones de animales como canguros, conejos o gatos salvajes, ayudan a mantener el equilibrio de los ecosistemas.
Por esa razón, muchos ecólogos sostienen que su desaparición podría desencadenar efectos en cascada sobre la biodiversidad. De ahí que comprender la historia evolutiva y la identidad genética del dingo pueda ser clave para tomar decisiones informadas sobre su gestión y conservación.
Los nuevos datos proporcionan una especie de “línea base genética” precolonial, es decir, una referencia de cómo eran las poblaciones antes de cualquier posible influencia de perros domésticos modernos. Esa información podría servir para mejorar los programas de conservación y para identificar qué poblaciones conservan mejor el legado genético original del dingo.
Sin duda alguna, el dingo no es solo un animal salvaje: también es una figura profundamente arraigada en la cultura de los pueblos indígenas australianos y en la identidad natural del país. Sin embargo, su estatus sigue siendo objeto de controversia. Mientras que en algunas regiones es protegido como especie nativa, en otras sigue siendo tratado como una plaga.
El nuevo estudio no cierra definitivamente el debate, pero sí aporta una base científica mucho más sólida sobre la historia y la identidad de estos animales.
Y, sobre todo, deja claro que los dingos actuales son herederos directos de una historia evolutiva que comenzó hace miles de años, mucho antes de la llegada de los europeos al continente.
Referencias:
Y. Souilmi, S. Wasef, M.P. Williams, G. Conroy, I. Bar, P. Bover, J. Dann, H. Heiniger, B. Llamas, S. Ogbourne, M. Archer, J.W.O. Ballard, E. Reed, R. Tobler, L. Koungoulos, K. Walshe, J.L. Wright, J. Balme, S. O’Connor, A. Cooper, & K.J. Mitchell, Ancient genomes reveal over two thousand years of dingo population structure, Proc. Natl. Acad. Sci. U.S.A. 121 (30) e2407584121, DOI: 10.1073/pnas.2407584121
Fuente: muyinteresante.okdiario /Christian Pérez

